Los trastornos del sueño son muy frecuentes en la población general, aunque en mayor medida en mujeres de edad media; donde se ha reportado entre un 40% y un 55% de las mujeres peri y postmenopaúsicas muestran algún grado de trastorno del sueño. Aún así… ¡No es un trastorno único y exclusivamente asociado al género femenino!

El sueño es un proceso vital, cíclico, complejo y activo, que constituye una de las necesidades básicas del ser humano, que ayuda y restaura la homeostasis del sistema nervioso central, consolida la memoria y restaura los tejidos del resto del cuerpo.

No todas las personas necesitan dormir igual número de horas. Los más jóvenes, quienes realizan esfuerzos físicos o psíquicos intensos, así como personas con determinadas características, suelen necesitar dormir más. Pero en promedio, un niño puede requerir dormir 10 horas diarias, un adulto entre 6 y 8 horas, mientras que para una persona de edad avanzada puede ser suficiente el dormir 5 o 6 horas. Cabe destacar que puede haber personas que duermen 4 horas y otras que requieren 10 horas; y ambas pueden lograr la misma sensación reparadora.

Son variados los factores que influyen en el logro de un dormir reparador,  y no sólo importa el número de horas dormidas sino también la sensación de que esas horas hayan sido las suficientes para la persona. Otros aspectos lo constituyen el tiempo que se demora en conciliar el sueño, el número de veces que se despierta por la noche, el tiempo que se demora en volver a conciliarlo y la sensación de haber amanecido descansado.

Un estudio reciente de la Universidad de Zaragoza de España (2017), observó que el ejercicio de baja a moderada intensidad aplicado durante 12 a 16 semanas tuvo un efecto positivo sobre los índices de sueño, y que el ejercicio de moderada intensidad mejoró la calidad del sueño, mientras que la actividad física de baja intensidad (como por ejemplo el yoga) no tuvo efectos significativos.

Las causas de los trastornos del sueño en la población son muy diversas, desde aspectos sociolaborales, pasando por problemas familiares, efectos de medicamentos o factores psicológicos individuales, pueden contribuir a consolidar un trastorno de sueño. El ejercicio, seguramente no sea capaz de contrarrestar todas esas causas subyacentes, pero la evidencia señala que ayuda a minimizar sus efectos y con ello a mejorar el proceso del sueño.

La falta de sueño  a corto plazo provoca:

  • Sentirse hambriento y apto para comer más. Investigaciones han relacionado la privación de sueño a corto plazo con la propensión a cargar porciones más grandes, a tener preferencias por comidas altas en calorías y altas en carbohidratos, y una mayor propensión de elegir alimentos no saludables mientras se hace las compras.
  • Aumenta las probabilidades de tener un accidente.
  • Aumenta las probabilidades de tener un resfriado.

Por otro lado, a largo plazo la falta de sueño provoca cosas bastante más indeseables:

  • Aumenta las probabilidades de perder tejido cerebral.
  • Aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes y la muerte.
  • Aumenta el riesgo de padecer cáncer, donde en mujeres al padecer cáncer  de colon o de mama es mucho más agresivo.
  • Se duplica el riesgo de obesidad.
  • Se cuadruplica el riesgo de accidente cerebrovascular.
  • Disminuye la cantidad de esperma en el hombre.

¿Datos no menores verdad? A continuación te dejamos las referencias utilizadas para que puedas ahondar un poco más:

Rubio-Arias, J. Á., Marín-Cascales, E., Ramos-Campo, D. J., Hernandez, A. V., & Pérez-López, F. R. (2017). Effect of exercise on sleep quality and insomnia in middle-aged women: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Maturitas100, 49-56.
Fiuza-Luces, C., Garatachea, N., Berger, N. A., & Lucia, A. (2013). Exercise is the real polypill. Physiology28(5), 330-358.

“Y así, una vez más, la evidencia (y la experiencia), nos recuerda que el ejercicio es una verdadera poli-pastilla (-the polypill-)”.

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