¿Habían escuchado el termino “plasticidad”?

Es tremenda palabra, y muy propia de nuestra especie. Así por ejemplo, podemos adaptarnos a diferentes circunstancias, por ejemplo; si vivimos en el extremo norte de Chile, pero aparece un trabajo en el extremo sur, entenderemos que el factor climático será importante, pero no será invalidante y al cabo de una semanas o meses nuestros cuerpos entraran en esta capacidad de adaptación o como la ciencia lo llama, plasticidad. ¿Como te quedó el ojo?

El cuerpo humano es muy sabio… para quienes nunca han practicado un deporte o alguna disciplina física; correr, nadar, andar en bicicleta o simplemente (y no menos importante) caminar puede resultar en un tremendo cambio en las condiciones fisiológicas de nuestro cuerpo, pero aunque no lo creas, puedes terminar siendo un tremendo deportista al cabo de unos meses o años y solo con esta tremenda capacidad plástica y adaptativa de nuestro cuerpo.

El cerebro no se queda atrás, y por eso aparece la Neuroplasticidad, o la capacidad de adaptarse de nuestro cerebro… cabe destacar, que mientras mas pequeños somos, mejor en nuestra capacidad de adaptación, por eso para un niño es mas fácil aprender idiomas que para una persona adulta, pero ojo, esta capacidad NUNCA se pierde, solo disminuye.

Lo triste del cuento, es que así como podemos buscar formas positivas de adaptarnos también las hay negativas, como el titulo del tema… las mentiras. Aunque no lo creas, mentir se puede transformar en algo completamente habitual y propio de nuestros procesos mentales. Estoy seguro que has escuchado la frase “es tan mentiroso(a) que se cree sus mentiras”… déjame decirte que bastante razón tiene.

Quien empieza con las pequeñas mentiras y hace de ellas un hábito, induce al cerebro a un estado progresivo de desensibilización. Poco a poco, las grandes mentiras duelen menos y se convierten en un estilo de vida… (Sharot, 2017)

¿Como se llega a esta conclusión?, la revista  Nature Neuroscience publicó en el 2017 un interesante articulo sobre nuestro control de emociones. En nuestro cerebro tenemos un pequeño sector llamado amígdala cerebral, esta pequeña estructura del sistema límbico relacionada con nuestra memoria y reacciones emocionales, es quien limita el grado en el que estamos dispuestos a mentir.

En personas “normales”, cuando se miente la amígdala reacciona enviando emociones, como el nerviosismo, sensación de culpabilidad etcétera, pero en personas mentirosas compulsivas o patológicas, la amígdala deja de reaccionar, crea tolerancia y ya no emite ningún tipo de reacción emocional. La sensación de culpabilidad desaparece, no hay remordimientos ni preocupación alguna… ¿que te parece?.

A los mentirosos no les crece la nariz, falso señores! sin embargo, presentan entre un  22 y 26% más de materia blanca en la corteza prefrontal. ¿Qué significa esto? Básicamente que el cerebro de un mentiroso establece muchas más conexiones entre sus recuerdos y sus ideas. Esa mayor conectividad les permite dar consistencia a sus mentiras y un acceso más rápido a esas asociaciones. (Dr. Dan Ariely, en su libro “Porqué mentimos”)

“El hecho de que la amígdala deje de reaccionar ante ciertos hechos revela a su vez que estamos perdiendo eso que, de algún modo nos hace humanos”. Quien ya no ve que sus actos tienen consecuencias sobre los demás, pierde su nobleza, la bondad natural que supuestamente, debería definirnos a todos.

Ocupemos nuestra plasticidad y neuroplasicidad para mantenernos en movimiento y propongamonos erradicar la mentira de nuestras acciones amigos!

Una mentira puede salvar el presente, pero condena el futuro (Buda)

 

 

 

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