Espiritualidad y salud, son dos palabras sin conexión aparente en un primer sentido, pero que al analizar sus conceptos, podríamos darnos cuenta que se encuentran íntimamente relacionadas. En 1946, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió la salud como algo más allá de la ausencia de enfermedad, siendo un estado de completo bienestar físico, mental y social. Posteriormente, el año 1990 en Ginebra, se redacta un informe señalando la dimensión espiritual como uno de los componentes de la salud integral; este hito marca un cambio en la concepción de la salud y los factores influyentes en la calidad de vida.

La espiritualidad se ha convertido en un tema popular en los discursos psicológicos, culturales, sociales y médicos. La importancia de una espiritualidad consciente y sus implicaciones para la salud y el bienestar general, se han explorado y discutido extensamente desde tiempos remotos y el tema sigue siendo contingente. Iniciativas de investigación estratégica han surgido para explorar la las prácticas espirituales y la salud; y en este sentido, se ha documentado que la espiritualidad hace una contribución significativa al bienestar psicológico, la conexión social y la salud mental, incluso en la gestión y desempeño de los lugares de trabajo.

El ser humano ha vivido siempre en constante búsqueda de “algo”, es parte de su esencia el cuestionarse y buscar respuestas (y créanme que para mí esto tiene un sentido casi romántico, esa búsqueda constante -aunque no sea respondida- es la esfera que nos llena y nos mueve). Así, como criaturas necesitadas que somos, ponemos los centros espirituales del cerebro para usar todo el tiempo. Muchos oran por la paz; meditan por la serenidad; cantan y agradecen por las cosas buenas y los éxitos de la vida. Muchos viajan a Lourdes en busca de un milagro; otros van a La Meca para mostrar su devoción; otros quizás, consumen algún tipo de alucinógeno para lograr una visión trascendente; y otros por ahí se reúnen en las paredes de las iglesias para lograr su sobrio opuesto, que es libertad. Pero sobre todas estas cosas, el acto de rezar, meditar, cantar e incluso agradecer, tienen por un denominador común, que es la búsqueda de la salud… la búsqueda de vida. Así es que nos convencemos de que, si bien la medicina es una herramienta poderosa y los profesionales de salud tienen todas las capacidades… la oración y/o cualquier otro acto espiritual, también pueden curarnos.

Dr. Andrew Newberg, profesor de radiología, psicología y estudios religiosos en la Universidad de Pensilvania y cofundador del Centro de Espiritualidad y Mente, dice que nuestros cerebros y cuerpos contienen una gran cantidad de cableado espiritual y puede ser explicado también de forma científica. Por lo tanto… ¿acaso no podríamos darle uso? Si uno de esos “cableados espirituales” puede hacernos bien, ¿no deberíamos aprovecharlo?

Efectos del pensamiento sobre nuestra salud y la de los demás

Desde tiempos ancestrales las personas han creído en el poder del pensamiento y la palabra para afectar a las demás personas y al mundo material en general. Tanto la magia con su encantaciones, el chamanismo con sus canciones y la religión con sus oraciones, sostienen que existe una energía sutil que es capaz de operar a distancia (quizás lo que actualmente la física llama el entrelazamiento cuántico y lo que Einstein rechazaba llamando “spooky action at a distance”). Para los chamanes esta energía muchas veces son los ancestros o los aliados; para las personas religiosas generalmente es Dios el que intercede por ellos.

Actualmente, esto también ha generado una rama de la medicina alternativa considerada una pseudociencia y conocida como la psiconeuroinmunología, la cual intenta canalizar y estudiar cómo influye la intención de una persona en la salud de otra persona enferma. Es decir, curar con el pensamiento y las palabras.

Hay un concepto que personalmente me llama mucho más la atención, que es la neuroteología, una especie de mapeo espiritual de nuestro cerebro. Pero es un apartado que da para mucho que hablar y ¡ciertamente la misma proporción de entradas al blog!

Algunos científicos piensan que la espiritualidad (y religión) es solo un subproducto accidental de la cognición social. Dicen que los humanos evolucionaron para imaginar lo que otras personas están sintiendo, incluso las personas que no están presentes, y desde allí fue un paso corto para postular seres sobrenaturales.

Un tema un tanto controversial ¿no es así?

Estudios científicos de neurociencia, dicen que si alguna vez has orado tanto y sientes que has viajado a un mundo fuera de ti, ese es tu lóbulo parietal en el trabajo. Si alguna vez has meditado tan profundamente que jurarías que los límites mismos de tu cuerpo se habían disuelto, ese también es tu parietal. Hay otras regiones responsables de hacer de tu cerebro el parque de diversiones espiritual que puede ser: tu tálamo juega un papel, al igual que tus lóbulos frontales. Pero es su lóbulo parietal, una masa central de tejido que procesa la entrada sensorial, que puede tener el mayor efecto de transporte a “otra dimensión”. La literatura postula, a que es esa sensación es la que nos despoja de preocupaciones, otorga sensación de bienestar, de alegría, euforia y esperanza… y como dicen por ahí, lo último que se pierde es esta. La esperanza es un poderoso motor en la efectividad de tratamientos médicos, situaciones de salud, y de la vida.

¿Es Dios en el cerebro? ¿Eres tú en el cerebro de Dios? ¿Es el universo como cerebro de Dios? ¿Dios jugando universos en tu cerebro? ¿dioses jugando en tu cerebro? ¿la madre naturaleza llamándote a tus orígenes? Algunos filósofos y científicos han dicho que el hombre inventó a Dios o que el hombre mató a Dios. Tradiciones místicas ancestrales, en cambio, señalan que Dios creó al universo, al hombre e incluso al cerebro para percibirse a sí mismo, en una especie de juego de escondite sideral.

Quizá la mejor respuesta que puedes obtener sea cuestionándote a ti mismo – a tu lóbulo superior, a tu corazón, a tu tercer ojo, a tu séptimo chakra, o similar. Sin embargo, y de forma muy probable recibas la misma respuesta que obtienes cuando pones un espejo contra otro espejo…

¿En qué crees tú? ¿Hallaste tu punto “E”? – algunos lo llaman “G-spot” (punto G), pero de Dios, ese punto máximo de excitación cerebral que trasciende lo natural y da cabida a lo espiritual… pero el nombre que me resulta un tanto libidinoso (jajaja) –Así es que lo he llamado punto “E”, de ESPIRITUAL.

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